17 mayo 2006

LA VERDAD ESTABA AHÍ

La verdad estaba ahí, a mi lado, pero no la veía. Era como una leyenda, me daba la vida. Para que la primavera se convirtiera en alegría, y no en tristeza, hubiera sido necesario amar de verdad a la mujer que conocía hacía mucho tiempo.
El amor es como el pan de los sacrificios, es sacrílego cortarlo a cuchilladas.
Tengo los ojos rotos sobre hojas de hibisco entre mis manostemblorosas. Acabo de ver su imagen sagrada, desnuda, inmóvil, tras dibujar geometrías que hubieran devorado mis umbrosas pasiones. Solo queda su sombra incolora. Y la cama, vacía. Desde entonces mis góticos versos resuenan en una lóbrega lejanía.
Amamos fuera de la vida real. Tratamos de recoger perfumes del valle alejando la horca del fiemo.
Aquella tarde, la soledad de la cala, indiferente a nuestros abismos, contemplaba nuestros cuerpos. Caricias tiernas de un amor en agraz, lumbre de una hoguera que rechazaba sombras, y arropaba insulso silencio. Los surcos impuros de las sonrisas, recordaban las líneas ásperas que dejaron las mentiras que nos dijimos.
Como susurros de hechiceros, se desvanecieron agónicos, aquellos amores fingidos. Deshojábamos futuros, con nada. Fuimos raíces hundidas en un amor adocenado, tan apretado, y tan aburrido, como el más cobarde de los anónimos.
¡Aquella noche perdí la audacia! Los horizontes cristalinos me desbordan; protegen lo que adoro, y yo, impasible. Ese amor herrumbroso solo hubiera sido bruñido y estable, en el secreto.
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