09 enero 2008

RUIDO

Ruido. No se trata de abandonar un amor por otro. Un hombre, alto y amarillo de tristeza, con una rama de sauce en la cintura respira profundamente. Es el mordisco de la pasión. Su cerebro crece al escuchar el murmullo que, fuera del cráneo, intenta agujerear su sien derecha. Es tan grande el estrépito, que obliga a su cuerpo desnudo a encorvarse hasta tocar tierra con la cabeza.
Pero… han dejado de respirar los recuerdos de amores retorcidos que le atormentaban. Y el arco que forma su figura despide una luz blanca. Una lechuza se posa en el hombro izquierdo, tiene los ojos grandes y blancos como la luz, mueve levemente la cabeza. En ese preciso momento, los pliegues de su cerebro, dejan pasar a los rincones más ocultos de los sesos semienterrados en olvido, el recuerdo de los momentos pasados con la bella dama del bosque. Ha nacido la esperanza de un nuevo amor, ya no le produce dolor el grito que se ha convertido el murmullo en sus sienes. Sus pensamientos se han cristalizado en un ramo de hortensias.
El hombre, alto y amarillo ha cambiado de color, ya no entona una canción triste. La lluvia que comienza, espanta a la lechuza que profetiza males de amor con la luz de sus ojos dorados.
El hombre, alto y alegre, a corretear se ha ido tras la Vieja Luna. No puede detener sus pensamientos, levanta sus pies en brincos de emoción. Formar una horquilla con sus piernas abiertas, y como un cowboy, hace mención de sacar y disparar contra la sombra de su pasado. Dando vueltas girando a su colt parece haber enfundado para siempre la mala suerte en el amor. Ya no gira en su cerebro la veleta del desamor. Durante unos minutos la lechuza, asustada, inicia el vuelo y cae muerta en tierra, y con ella la mala suerte. La rama de sauce estalla y se convierte en estrellas verdes, tantas como hojas. El ramo de hortensias es una fuente de ideas maravillosas que espanta la nube de humos que hasta entonces cubría la escena.
Silencio. La luna alumbra el bosque, y la tierra se levanta a los lejos formando ciclópeas montañas que recogen el anhelo de tocar el cielo
ATHO.

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