07 mayo 2009

EL FIN DE UNA PASIÓN



Un duende silencioso, sin contemplaciones, aterrizó en tu cara. Era un ángel caído, quería beber poco a poco de tu boca, quería arrebatarte esas sonrisas que incendiaban mi cuerpo cuando quise refugiarme en tus ardores de hembra.
En tu rostro, lago de magnolias, los sentimientos que se reflejaban cuando saboreabas el alcohol de aquel amor de esquina, eran como manos que enredaban nuestros cuerpos temblorosos.
En la oscuridad taciturna de tu boca, gritaba la llama del deseo, mientras mordía tus labios llenos de arco-iris.
Aquella sed de amante podía con mi soledad, soledad de callejuela. Íbamos descubriendo con nuestras caricias húmedas de tanta hambre de amor, la mentira.
Aquellos días, el río Sena trataba con fe de vagar bajo el áureo y ronco sueño del atardecer. El viento puro que rozaba el cielo, reía con su cara rapaz, entre las verticales heridas de las calles que no dejaban paso al sol, ora nácar, ora trigo. Las parejas de enamorados y los gatos pasaban a nuestro lado arrastrando su sombra, en busca de su rincón bajo el puente los unos y su tejado preferido, los otros.
Caminábamos sumergidos en una niebla de confusión. El Dedo que señala el camino, jugaba con nuestro destino, parecía lleno de negras manos. Pero, los románticos cervatillos de nuevos amores, saltaban de alegría entre los tilos de nuestros corazones para espantar las sombras que nadaban entre las redes del silencio. Estaba palpitando un nuevo amor, tan hermoso, como los sueños de los dioses.
Antes de separarnos...
Vimos como se transformaban en cielo las palomas al volar. Ese cielo que empezaba a seducirnos con amores imposibles. Mientras abrazaba tu cuerpo, curvas que desprendían olor a cerezas, y, enterraba mi cabeza llena de nieve cuajada, entre las raíces que temblaban como las hojas del rosal en tu vientre inquieto, escuchamos como las aguas del río golpeaban el horizonte, empujando a la tarde para dejar paso al crepúsculo que, siempre perplejo, buscaba mirarse en tus ojos de gacela. Tumbados en la orilla, recibíamos baños de luna, y, nuestras manos se apoderaban de su magia. Abríamos nuestros cuerpos de par en par para recibir las caricias. Besos como burbujas de colores, como sortijas de un amor que brillaba en un paraíso imposible. Permanecimos perdidos en una eternidad que no nos pertenecía.
Transparente como un vuelo, silencioso como un pueblo abandonado, el Amor, nos sumergió en aquella exótica pasión. Desde ese momento fuimos veleros por un mar de destellos luminosos. Anduvimos por bosques de extraños brillos.
Nos amamos con tanto cariño, como los sauces mecen el silencio. El Amor revoloteaba entre las palomas de nuestros vientres. Cielo tormentoso de pasión incontrolada. Bebimos caricias hasta saciarnos. Los indómitos gritos de pasión se fueron acallando y apareció el silencio como ruido de noria sobre las horas solas.
En estos idilios rebeldes, errantes y prohibidos, la noche vive sin sentido. Nuestros cuerpos desnudos se agitaron, y, durante un latido, sobrecogidos de placer, descubrimos que la pasión muere para vivir. Fuimos dos grandes árboles que rezaban al azul.
Cuando no nos acaricie el viento de esta pasión, seremos astillas de carrasca y olivo que daremos vida al fuego eterno. Hasta entonces, dejemos esta historia de nuestro amor en el túnel del recuerdo.
ATHO
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