23 noviembre 2012

EN BUSCA DE UN RELATO

 

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El bosque luce los colores del otoño. Pensativo, sentado en un tronco hueco caído sobre un lecho de hojas amarillas, mira el rastro de seda que va dejando una araña en las ramas secas de la última tala. En la mano derecha lleva vara de avellano. Golpea hojas que, saltan y vuelan, para volver a caer rotas en mil pedazos de colores.

Mira el cielo por donde ve cruzar a las grullas en formación.

Estas ya regresan del norte de Europa, allí se han amado, y vuelan a sus cuarteles de invierno –piensa.

De uno de los bolsillos grandes del tabardo, saca un cuaderno y un bolígrafo de tinta negra. Y anota:

No dejaré de escribir... No dejaré, es mi otra vida, o, mejor dicho, mis otras vidas.  

Me parece literario “olvidar su vuelo”... ¿Algo imposible para las aves?...

Se acurrucan  en las oliveras olvidando…

Ya me duele cambiar el nombre de uno de mis árboles preferidos, pero, voy sustituir la palabra olivera.

Se acurrucaron en los huecos de los árboles olvidando su vuelo…

Aparta con su dedo índice y pulgar de la mano izquierda dos hojas que han caído sobre su libreta de apuntes.

Mira el reloj de muñeca. Pasa hoja. Recuerda  el camino que lleva al río cubierto de rosada.

Sigue escribiendo:

Los vencejos también tienen las alas en forma de guadaña...

Se levanta y camina lentamente. Escucha el trino de algunos pájaros del bosque. Ahora piensa en voz alta:

Tú sabes de abrazos de mar, y yo de estos remolinos de río bravo, que acaba de nacer cerca del ibón con bufanda de nieve, y quieren besar… 

Se apoya en una roca brillante y ordena sus pensamientos.

Esto de la puntuación gramatical… me sucede como a este torrente, baja entre piedras que no están rodadas, y se permite el lujo de pasar por encima, sin permiso de las aristas.

Aparece al otro lado del río un jabalí con intención de beber pero, al verlo, se escapa, dejando gruñidos y olor a pelo salvaje.

Ophir, me suena a oro, marfil, Salomón, Hiram, señor de Tiro, Arabia Feliz, Yemen... fascinación.

Se levanta. Sigue la senda que le lleva al refugio. La chimenea humea, cubre el espanta-brujas con un humo espeso y negro. En voz alta sigue pensando:

... está ardiendo la madera húmeda, voy a atizar el fuego, no vaya a apagarse. Hace frío, estas primeras nieves se dejan sentir.

Entra en la vivienda. Deja el palo, cuaderno y bolígrafo sobre la mesa. Se sienta en la cadiera y, tras añadir leña seca, acerca la mesa y escribe:

La soledad de mi alma trata de acoger con cariño a todos los amores que quieran entrar. Pero la realidad viene y me hunde en la desesperación. Crece la hiedra de la indiferencia. El amor se ahoga. Es la oscuridad y el silencio. Nada. Solo un temblor frío.

¿Qué es un hombre que ha perdido su amor? ¿Qué? ¿Qué puede hacer? No  vale que se diga: ¡hay otros amores! La ausencia de ese amor especial produce gemidos que permanecen ahí durante mucho tiempo.

El Árbol de la Vida, alumbrado por las antorchas de Hécate, custodia la esperanza en la resurrección de un amor, como aquel que terminó.

Por fin, bajo el cedro de la ilusión, tras el Diluvio del olvido, surge cubierto de generosidad, protegido de las espinas que asomaban en el camino, el nuevo amor. ¿Será capaz de llegar hasta donde duerme el dragón dorado que guarda los amores eternos?

Sonríe dulcemente. Sigue escribiendo:

Cuando estén juntos los protagonistas, él le dirá: Siéntate a mi lado y háblame de Venus y luego de Júpiter, del amor y de la guerra. Esperarán que la luna nueva esté sobre Libra, y… se amarán.

Piensa:

En mis sueños aparece, dentro de una esfera transparente, un tiovivo que gira, gira y gira... una bella mujer cabalga desnuda sobre un dragón de siete cabezas que arroja fuego por los ojos... en un círculo paralelo, cabalgo sobre un unicornio blanco que, rampante, relincha sonidos terribles. Siempre dando vueltas, vueltas, vueltas... arriba y abajo... alargamos los brazos para unir nuestras manos ... no podemos... arriba y abajo... vueltas y más vueltas...

Dando vueltas, siempre la huida, siempre retorno... Cautivos y perturbados. Inexorable destino. Y de la esperanza, ya nada, o casi nada queda, salvo escribir poemas.

Solo la lumbre del lar alumbra la estancia. Se queda contemplando el baile de las llamas. Quiere escribir un relato, un relato, pero largo y profundo, sobre un gran amor.

ATHO

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