14 mayo 2006

JARO



Girón coralino de intenciones depuradas. Látigo delimitador de gestos desordenados. Jeroglífico caliente, misterio elemental.

El lobo comprende la escena colorista.

Juncal inflamado que rechina bajo el sol. Horrible penacho de niebla que oculta, entre los islotes boscosos, el lecho de amor del viento de marzo que gira sin parar. Eterna huída de un silencio sepulcral.

Sobre un tejado de pizarra negra, en el alero, nidifica una oscuridad gatuna. Es el azar, que se sabe carcelero de las sensaciones de libertad, deseada por la esperanza olorosa.

El único trazo verosímil de esta fantástica historia, es que, hace olvidar el temor de la profecía. No entendía como un poema de amor le hizo regresar del Apocalipsis.

El bosque quimérico de sus sentimientos, testigo miedoso del río de amor que lo atravesaba, no eliminaba la duda. Por eso fingía, como un ladrón de sombras, un opalino regreso a la pasión de otro tiempo. Mas, ese claro color de viento, golpeaba gélido la taberna umbrosa de su corazón escarmentado.

Andar, vivir, evadir, sufrir, juegos lentos, parpadeos de gusanos de luz, terminar los días más sagrados junto a la chimenea que acogía amores con su amante. Ritos nupciales, gritos que hieren, lluvia, juventud que huye.

ATHO


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