18 enero 2007

ALMA MÍA, NOSOTROS SEGUIREMOS SOÑANDO



Anima mia, noi sogneremo ancora;
Anche se non mi vedrai. FABIO DOPLICHER


Esa pareja de enamorados ¿hacia dónde van? A fuerza de quererse no saben donde están.
Muchos amores nacen lejanos como los sueños, otros cercanos y ardientes como el que está jugando entre ellos este día de primavera. Había nacido en el tiempo de plantar caricias. Retazos de cariños que huyen caprichosos y se acercan llenos de pasión.
En este momento, la otra música, la de la lluvia, se expande sobre la calle tropezando en los rostros que, alegres, dibujan una cresta de carcajadas lujuriosas en sus labios ardientes. Deciden rastrear las huellas de los últimos besos precursores de pasión. Mientras, la lluvia que se va, refleja colores nácar y rojo en umbral de los besos.
Se detienen. La tarde se estremece al contemplar la locura de los enamorados, la lluvia apiña los brillos de sus gotas para que el ocaso no sucumba de envidia, y la noche, está preparada para recibir en su regazo a Selene.
Los enamorados siguen su camino sin hacer caso de la tarde, ni del ocaso, ni de la noche, ni de la Joven Luna.
ATHO

15 enero 2007

HOMBRE DE UN SOLO AMOR

¿Saben los poemas de preciosos versos por qué llora la dama del columpio del parque? ¿Saben las olas coronadas de blonda por qué canta la sirena en las rocas del acantilado? ¿Saben los colores del arco iris por qué Atho pinta sus cuadros en otoño y no en primavera?

Su corazón revestido de cristal no sabe romper su trasparencia esmeraldina que, con palabras de amor, consuelen a la mujer hermosa que llora su ausencia.
Su corazón revestido de cristal no se libera de la extraña canción del acantilado que, en voz baja, la sirena de pechos divinos, le cantó un día triste de otoño.
Su corazón revestido de cristal no recoge la llamada de la primavera que, como extraña la lluvia de otoño recoja en sus gotas, la belleza de los colores.

Siempre parece arder en los linderos olvidados de la memoria, diálogos misteriosos de los condenados a vivir en silencio. Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos deseado, como los héroes cuando regresan a su pueblo, ser mendigos para recuperar lo que fue nuestro reinado.

A Atho le gustaría extrañar el mundo del color y de la palabra. Empezar de nuevo a pintar y narrar amores, construir sobre su existencia, muy entrelazadas, las ilusiones de otros romances.

¿Cómo cobijar a tantos a la vez, en un corazón revestido de cristal?

Atho sumido en sus dudas existenciales, dispuso lo necesario para un viaje a Delfos, el centro de la tierra, y solicitar de la Pitia, la revelación de su destino.

“¿Podré tener varios amores al mismo tiempo y ser todos verdaderos?”
Encaramada, la joven virgen de Delfos, sobre el trípode que da al abismo de la grieta sagrada, balbucea unas palabras incoherentes que, Cleostrato, sacerdote amigo de Atho, le interpreta:

“¡Imposible! Los dioses te crearon para ser hombre de una sola amante”.

Revestido de humildad, Atho le insiste:

“¡Oh! Divino Apolo, ¿los dioses no tenéis ya un Tántalo? ¿Por qué me creaste a semejanza de los hombres de un solo amor?”

La hermosa Pitia, en su delirio divino, le manifestó:

“Los dioses no dan explicaciones a los hombres mortales de las decisiones tomadas por los dioses del Olimpo”.

ATHO