02 marzo 2008

OTOÑO



Cuando siempre, en otoño, él escuchaba una música plena y única, deseaba que no se acabara la danza de hojas ocres al caer. Sin su melodía sería vencido por la pesada realidad. En los intermedios, fuera de sus fantasías, observaba a los que tenía a su alrededor, y podía encontrar otros pocos soñadores, pero, creía que no eran sinceros. Y volaba a su soledad.

Como contar que hoy, invierno, ha sentido tan cerca la primavera que, la soledad ha volado lejos. El recuerdo de la pierna de su amada entre las suyas, los dedos entre sus dedos y la sonrisa que espantaba su tristeza, tan tétrica, tan gélida. Hoy, brilla rojo, amarillo y verde, y vive la magia de aquel momento. Cosquilleos juntos, pero sus efectos, como muescas pétreas permanecen todo el tiempo. Está seguro. Sí, cree que los deseos tienen vida propia en la caverna del pasado.

Solos en la penumbra, lejos del valle, en un rincón de la sala de estar de la estación, estuvieron hablando de su destino. De la esclavitud de un destino extraño: sexo, viajes, engaños, ramas de un árbol imposible. El baúl es muy profundo, y sin embargo, no pueden llenarlo de sus mutuos deseos. Son muchas las noches a la luz de la Vieja Luna. En los bancos del parque, solo una. Fue la primera. Las hojas caían alegres danzando a ritmo de sus besos. Cuántos perfumes en una primavera de bellos colores. La tranquilidad de la noche dormía como si tuviera pereza de recibir al alba. El tronco del árbol retorcido como sus raíces, huían a las profundidades de la tierra fértil. Ella, abraza entre sus muslos las últimas hojas ocres en un intento de cubrir su sexo, hasta entonces ignorante de las caricias de su amor secreto. El lago enviaba su imagen hacia un cielo gris. El paisaje casi imposible, invitaba a participar del espectáculo corporal del amor que robaba el azul.

Esperaban que la historia se volviera a repetir. Como el círculo. Una vez roto el reloj de arena ya no debían tener prisa. Igual daba. El tiempo se había roto, todo era barro de pasión. Los sueños huían incapaces de encontrar las grietas del cerebro. No sabían que hacer. Su comportamiento rebotaba en la superficie del futuro y, les retornaba al primer deseo cumplido. Se daban por satisfechos, pero, ¿deberían estar en ese mismo sitio siempre, sin moverse, o seguir sus pisadas rumbo a lo desconocido?

Solo faltan tres minutos. Un pitido anuncia el momento de partir el tren. No tienen nada más que decirse. El reloj de la estación, inexorable ha marcado los dígitos que distancian el pasado. Un beso, otro beso, otro, otro,...

La noche y el frío se acercan, el tren se aleja. También acude la niebla.

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