04 mayo 2008

LA CABAÑA DEL BOSQUE

Abundantes rizos. Sus ojos, pedazos de noche, escondían el enigma del universo. En su mirada, fértil y extraña, se concentraban la luz y el grito de la vida. Como las hetairas en la cama, no era ni lasciva ni indiferente, era un misterio gozoso.
Al tratar de recordar, su figura huye como gacela, y se mezcla entre los escarabajos del tiempo transcurrido, y, se hace la muerta.
Bebimos de nuestras caricias, y fuimos capaces de muchos milagros hasta perder la razón. Fue... solemne y misteriosa danza de hojas de un otoño de ocres rojizos. Azotados por el viento de una pasión deseosa de inmortalidad, nuestras cuerpos, entre cañadas profundas y vallas musgosas, se entrelazaron sobre la mies profunda, junto al nacimiento de un arroyuelo, y, quizá, como jamás tan juntos y retorcidos.
Mujeres y hombres semidesnudos, lívidos, brillantes y perfumados cabalgaban sobre animales extraños: caballos con cabeza de avestruz, hipopótamos con alas de mariposas, asnos con patas de leopardo... Me desperté. Los pabilos de las cinco lámparas todavía seguían ardiendo.
Apoyada en el alféizar de la ventana que da al bosque, esperaba la llegada del alba. Ella, no se, no supe que veía, tenía el corazón oculto.
ATHO





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