03 agosto 2011

QUISE PINTAR...



Quise pintar el cuerpo de aquella mujer. Buscaba en sus curvas, lo más oculto. Desentrañar una pasión que, emboscada, trataba de saltar de sus pechos, de su vientre. Su pubis color avellana, recogido por dos muslos brillantes y tersos, resultaba harto difícil para mí plasmarlo en el lienzo.

Una sortílega lluvia se afanaba en limpiar el cristal del tragaluz, donde brillaba su desnudez que, distorsionada por el agua, formaba una paleta de colores desordenados.

Empezaba a refrescar en mi estudio de Montmartre. Según lo acordado, era la hora de terminar la sesión de posar.
Sara se vestía con la misma elegancia y seducción que se desnudaba. Un remolino de hermetismo nos separaba.
Solo, un “Adiós, hasta mañana”.
El ruido de la puerta al cerrarse ocupó el espacio del silencio.
El cuadro no lo terminé. Sara, nunca más volvió. Nunca llegó esa mañana. Yo solo le dije aquella tarde de lluvia: Déjame hacer el amor sobre tu ombligo de canéfora.

Cayó una gotera y fue diluyendo la pintura. No me importó. Ni supe pintarla, ni supe seducirla. Desde entonces, bajo los puentes de París, cuento los euros que he ganado haciendo caricaturas a los turistas.

Ahora no es que sienta aversión a las mujeres, es que, me apetece más al final del día unas copas de grog con mucho limón. Espero que el efecto de la ginebra, desvíe las influencias malignas.

Mientras, seguiré en el subterráneo de esta vida, sin bellas mujeres que retratar, caminando por un pantano de alcohol y tristeza.

ATHO
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