22 agosto 2006

OLVIDÉ SU NOMBRE

Mis pies desnudos dejaron huella sobre un horizonte vacío de libélulas.
Y en la médula de mi silencio, Prometeo, prende el fuego robado a los dioses.
Yacer con ella sobre la hierba, al lado del río, envueltos en la piel del bosque, es la misma sensación que siento al acariciar sus brazos a escondidas.
Pena de amor imposible. Cada vez más lejano. Siempre inventando gestos, carantoñas desconocidas. Siento su amor como un epílogo de mi vida. Cada beso en el límite de su boca, emerge una agonía azul.
La fuerza de este relato de amor que comienza, retiene con fragilidad el eco de su indiferencia. ¿Será un error?
¡He aquí un ladrón de lluvia!
Quiero seguir, solo un par de poemas. Tengo sed de abrazos imaginados, colores de un deseo de niño. Ya no conozco otro tiempo de contacto, ni otro país de fantasía. Solo silencio del momento, solo ausencia de ilusión.
La luz de su pensamiento volvía por el camino que atravesaba la oscuridad moribunda de mi nostalgia. Yo no soy como ella pensaba, a veces le mentía. Y, yo supe después, que ella también. Seguí su introspección, y sus pensamientos eran un modo de tapar su amor por otro, resplandecían entre las palabras que me dirigía. Expresiones de caridad, no de amor.
Le amé de todas las maneras, no se si ella se enteró. No supe ser capaz de más.
Desde siempre, los amores viven de pié ante mí, pero, para animarlos trato de desordenarlos. Es muy difícil amar a las mujeres que nunca han pecado. Se defienden siempre del viento que trata de acariciar sus pechos. Prefieren el beso de la oscuridad sobre sus pubis inertes. Los grandes amores ¿no han sido sobre todo grandes protagonistas de lo prohibido?
¡Hay algo hipnótico en la infidelidad!
Ella sigue en mi memoria, clara, destartalada, pero clara. Tengo la impresión de no haber sabido amar. Creo que debo desaparecer de su vida. Convertirme en un fantasma de su pasado.
22.07.06
ATHO
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