14 abril 2007

JORBA

Junto a la chimenea que sobresale de un tejado de pizarra, un buitre, insaciable como la muerte, termina de tragar los últimos girones de carne de cerdo muerto, arrojado en el barranco seco, por el único granjero de la aldea. El viento de marzo, gira. Unas bragas colgadas en la ventana ondean frenéticas. Son la protección de la casa contra las brujas. El gallo de hierro que hace de veleta, oscila frenéticamente negándose a conducir el alma del fallecido. Y en el corral el dueño del gallinero, con sus cantos, aleja la oscuridad de la noche.
Jorba, ha muerto. A él no lo han tirado al barranco como al verraco, pero, a gusto lo hubieran hecho. Había sido un mal hombre. Silvia, estaba enamorada, había concebido siete hijos varones. Él maltrataba a ella y a sus hijos. Ayer no pudo resistir la borrachera, y tras un delirio epiléptico, tropezó con la guadaña colgada en el muro del patio, y allí, se ha clavado su corazón.
Nadie quiso saber si fue un accidente. El día del entierro, dicen los del lugar, que vieron sonreír a su mujer y a sus hijos.
El viento sur que viene del somontano se ocultaba entre el bosque de abetos como el avefría oculta sus huevos.
ATHO
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