08 abril 2008

LUISITA

En el recodo de la luz plateada, donde no llegan las sombras, los árboles de la plaza San Francisco acarician el frescor de un silencio eterno que muere en el puente que abraza al río perezoso.
Hace años, el abuelo Pepe, besó una flor de cerezo, y pidió un deseo, lo arrojó al rio Vero, y el amor llegó con el viento.
Ahora sobre las callejas de su alma, caen como gotas de lluvia, los recuerdos perdi­dos. Brillos irisados que alumbran los aljibes de su memoria.
Un mar de luna cubre la ciudad en la noche sortílega de las Fiestas Mayores; se refleja en los cristales de las ventanas de las calles, despiertas a esa horas, brillantes estrellas de artificio que estallan en las fuentes del Vivero, señalan el final de los festejos.
Por unos momentos, Pepe, camina al borde de la realidad, entre luz y tiniebla. No tiene sombra. El tiempo se ha detenido. Tiene la sensación de haber regresado del oráculo de Delfos, tras la guerra de Troya, que fue su vida profesional. De ese lugar incierto, más allá del viento del Norte, donde habitan, los guerreros del poder.
Comienzan para él las fiestas de la Tercera Cosecha. En el tránsito peli­groso del pasado al futuro, quiere olvidar las torturas de los egoístas, los ramalazos de los necios, las coces pétreas de los envidiosos.
Quiere soñar. Ilusionarse con una idea. Diseñar una utopía. Practicar el pensamiento, el conocimiento y la comprensión.

Luisita, su nieta, tira de su mano y le devuelve a la realidad.
-Yayo, ¿como se llama este río?
-Vero.
-¿Por qué se vacía?
-Sus aguas vuelven al mar, donde nacieron.
-¿Como tú, yayo?

-Vamos a casa, yaya nos estará esperando para ir al Coso.
-Mañanas te haré una gran pompa de jabón. Entrarás y verás el mundo de colores.
-¿Como saldré?
-¡Dándole una patada al Arco iris! Pues tú, Lui, eres con tu sonrisa, el color de un mundo feliz.

ATHO
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