26 septiembre 2008

¡QUÉ CERCA!

¡Qué cerca! Ese amor que eligió. Ese, al que deseó tenerlo a su lado. ¿Por qué no se aproximó más? ¿Tal vez no era el verdadero? Si fuera así, debería haberlo olvidado. Ese amor naufragó en el mismo puerto. ¿Y ahora qué? ¿Nunca probará sus besos de pasión?

El desierto se va haciendo más grande, las dunas no dejan ver el horizonte. Solo le quedan los sueños. El recuerdo, ajeno a toda contaminación, no acepta la separación. Una y otra vez, al despertar, recobra la esperanza de volverla a ver cerca, muy cerca. Cerca de sus labios, los suyos.

Echa a correr. No quiere que su afecto sea conocido por nadie. Extrae de sus sueños alimento de ilusión y esperanza que le salve de caer en la desesperación.

Ahora, aquel que tantas veces buscó el encuentro vive tranquilo.

Nunca se sabe lo que puede ocurrir. La echaba de menos. Las raíces de la historia pasada en aquel lejano verano, todavía estaba al aire, no tenían barro, parecían rascar las tinieblas tratando de retener entre sus astillas, todos los momentos felices.

Su vida ya no era como poco tiempo antes, se está llenando de tristeza. No le gusta pasear, esperar la hora de la llegada del tren. No es el hombre que soñaba despierto: es un poeta sin inspiración. Hay algo en su rostro, anclado en su mirada, que, delata la derrota de no poder estar junto a la mujer amada.

Ahora, su única compañía es un cigarrillo, un vaso de vino y una mirada turbia. Como los árboles inclinados por la fuerza del viento, permanece sobre las mesas de las tabernas. Él, ya no es como los ríos bravos, que coronados de espuma por los tropiezos sobre las piedras, siguen su curso alegres, y siguen, siguen…

ATHO

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