04 enero 2011

LA BORDA Y LA HIGUERA





La única ventana de la borda ve crecer la higuera. Un tronco, nudoso y firme, clavado en el muro, entre losas milenarias, protege la calle única del pueblo. Cada año brotan nuevas ramas preñadas de hojas que cobijan frutos de sonrisa carmesí.


Tiene envidia, nadie repara, bajo el alero del tejado pizarroso, en el color de su mirada, color cielo negro. Nadie visita la choza. Hace ya mucho tiempo que la han abandonado. A su vecina la higuera, sí. Todos los veranos acuden a recoger sus frutos, las aves, la familia Buil y todos los vecinos del lugar.


Cada invierno, de los muchos que han trascurrido, la lluvia y la nieve, han ido desgastando los adobes de barro. Sabe que le queda poco tiempo, pocos veranos verá a su esmeraldina higuera, pronto llegará el final.


Ya. Un montón de barro, losas y maderos carcomidos son refugio de escorpiones y demás alimañas. No hay negruzcos ojos para ver la sonrisa madura de los frutos de la higuera.


Un aguijón vítreo, se asoma entre los escombros, mira hacia el lejano horizonte, más allá del árbol, marcado para siempre por la maldición bíblica. El alacrán y el límite están obligados a entenderse. Si alguna vez han disentido, la culpa siempre es del otro. Los días jubilosos se saludan, y uno da al otro, las llaves del Séptimo Sello.


-Toma, el Paraíso no existe.


-¡Imbécil! Es por tu culpa.


Hoy no es un buen día.


El incienso, que rodea las dudas del hombre, nunca desaparece. No deja ver la verdad sobre la existencia tras la muerte.


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