14 mayo 2011

LA ESTACIÓN DE TREN



Las saetas oxidadas del reloj, marcan las seis, siniestramente las seis, siempre las seis. Una hermosa joven, parece esperar, apoyada en una de las columnas de la estación, la llegada de un tren.

Las sombras de la noche que se acercan, no permiten ver como se posan sobre los bancos de hierro, las últimas hojas amarillas de este otoño cargado de misterio. Un gato, silencioso se acerca a las piernas de la dama y se las acaricia con su lomo y su cola sedosa. Mira con cariño al animal y se da cuenta que tiene, como ella, los ojos de diferente color. Azul claro el izquierdo y azabache el derecho.

Entre la bruma aparece a lo lejos un hombre que se para bajo el reloj.

Todo parece transcurrir dentro de un sosegado atardecer. De repente, el gato sale maullando con los pelos erizados y la chica da un grito de terror y cae desmayada. Aquel hombre llevaba su cabeza debajo del sobaco sangrando por el pavimento.

El reloj marca las seis cuando llega el tren.

El caballero de la cabeza bajo el sobaco sube y se aposenta en primera clase. Cuando el silbido de la máquina anuncia el comienzo de la marcha, abre la ventanilla y arroja su cabeza al andén.

... seguía señalando las seis.

¡Tilín!... ¡Tilín! ... ¡Tilín! …Tren con destino a Barcelona, estacionado en el anden TRES.

La hermosa mujer, dormida sobre un banco del andén, da un brinco, recoge su maleta y se lanza a la carrera para subirse al vagón de cola, del tren que, ya en movimiento, partía a su destino.

El reloj de la estación del Portillo, marca las seis y un minuto.
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