04 mayo 2007

LA VENTANA

La ventana estaba rota, las ramas de una higuera penetraban hasta la profundidad del silencio de la cabaña. Los añicos de cristal, pequeños pedazos de cielo. No tenía temor: compañías boscosas apretadas totalmente por el viento fuerte del amanecer, estaban a mi lado. Las hojas eran verdes y el silencio brillaba donde tranquilos vuelos de las aves escribían el destino de los hombres. Hasta los cuervos mordisqueaban el fruto ignorando mi presencia, y las mariposas depositaban en las flores mensajes de los dioses del bosque de hayas.

Al final, una luz y un roble. Cogida del brazo derecho de una dama de blanco, iba mi alma, sin prisa, parecían no querer llegar al final de la senda. Se mecían al compás del silencio, y las melodías de la naturaleza, despertaban. Entre los dedos de la dama y los de mi alma surgía una sensación cálida que, cuando rozaba la ventana, una niebla fugitiva, como si de un sortilegio se tratara, adivinaba el temblor de mi carne.

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